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UNA MEJOR PRUEBA DE SANGRE PARA EL CÁNCER DE PRÓSTATA |
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Nuevos estudios de una proteína sanguínea identificada recientemente en Johns Hopkins,
el antígeno precoz de cáncer de próstata-2 (EPCA-2, por sus siglas en inglés), podrían cambiar la forma en que se evalúa a los hombres para detectar el cáncer de próstata ―una enfermedad a la que sucumben miles de hombres cada año.
Los estándares actuales de evaluación y pruebas para el cáncer de próstata se enfocan en la proteína sanguínea llamada antígeno específico de la próstata (PSA), junto con un examen digital del recto. Los hombres con más de 2,5 nanogramos
de PSA por mililitro se consideran en riesgo de desarrollar este cáncer. No obstante, la prueba del PSA a menudo resalta erróneamente condiciones no cancerosas (positivos falsos) y algunas veces puede fallar en detectar casos de cáncer
(negativos falsos), según Robert H. Getzenberg, Ph.D., profesor de urología y director de investigaciones del Instituto Urológico James Buchanan Brady en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins.
Debido a los niveles elevados de PSA, aproximadamente 1,6 millones de hombres estadounidenses cada año se hacen biopsias de la próstata, casi 80 por ciento de ellos con resultados negativos, de acuerdo a Getzenberg, autor principal del
estudio. Señala además que, del total de la población masculina estadounidense que se hace la prueba del PSA, unos 25 millones tienen niveles elevados de PSA y una biopsia de la próstata que no reveló cáncer. A la inversa, alrededor de 15
por ciento de los hombres con cáncer prostático no se detectan porque sus niveles de PSA están por debajo del límite de referencia.
En un estudio publicado el 24 de agosto en la edición electrónica de Lancet, Getzenberg y un equipo de investigadores de Johns Hopkins introdujeron evidencia en apoyo de las pruebas de EPCA-2, como una forma más exacta de identificar
cáncer en la próstata.
"Un análisis de sangre basado en el EPCA-2 podría mejorar enormemente nuestra capacidad de detectar el cáncer prostático en forma precoz y exacta, y minimizar el número de positivos falsos, reduciendo así las biopsias innecesarias," señala
Getzenberg. "Además, ésta es la primera vez que contamos con una prueba que diferencia eficazmente entre los hombres cuyo cáncer se halla confinado a la glándula y aquéllos con enfermedad extendida fuera de ella."
Getzenberg y su equipo midió los niveles de EPCA-2 en la sangre de 330 pacientes de Hopkins, separándolos en varios grupos: hombres con niveles normales de PSA y ninguna evidencia de la enfermedad, hombres con niveles elevados de PSA pero
con biopsias negativas, hombres con una condición común no cancerosa llamada hipertrofia prostática benigna (HPB) que no tuvieron biopsias de cáncer de próstata, hombres con cáncer prostático pero niveles normales de PSA, hombres con
cáncer prostático confinado a la glándula, hombres con cáncer prostático extendido fuera de la glándula al momento de la cirugía, y un diverso grupo de pacientes con condiciones benignas en otros órganos e individuos con otros tipos de
cáncer.
Los pacientes con un nivel de EPCA-2 de 30 o más nanogramos por mililitro se consideraron en riesgo de desarrollar cáncer de próstata. Este valor límite fue determinado en un estudio piloto de 30 muestras sanguíneas y se aplicó luego al
estudio más amplio.
Los resultados comprobaron que la prueba de EPCA-2 fue negativa en 97 por ciento de los pacientes que no tenían cáncer de próstata. Los hombres sin ninguna evidencia de enfermedad (independientemente de sus niveles de PSA), al igual que el
grupo control de pacientes con otros tipos de cánceres y condiciones benignas, tenían niveles de EPCA-2 por debajo del valor límite.
En contraste, un estudio multi-institucional publicado en 2003 en Journal of Urology, demostró que los niveles de PSA entre 4 y 10 nanogramos por mililitro identificaban con exactitud a los pacientes sin cáncer prostático sólo 19 por
ciento de las veces.
Además, 77 por ciento de los pacientes con HPB tenían un nivel de EPCA-2 más bajo que el valor límite. Según Getzenberg, esto se encuentra dentro del probable rango porcentual de los pacientes con HPB que están libres de cáncer prostático.
Este resultado es alentador ya que la HPB a menudo se asocia con niveles elevados de PSA, lo que conduce a equivocar el diagnóstico y a biopsias innecesarias.
En cuanto a la identificación correcta de pacientes con cáncer de próstata, se detectaron niveles de EPCA-2 igual o por encima del valor límite en 90 por ciento de los hombres con cáncer confinado a la glándula y en 98 por ciento de los
hombres con cáncer extendido fuera de ella. En general, en este estudio, la prueba de EPCA-2 detectó 94 por ciento de los hombres que tenían cáncer prostático.
El estudio de 2003 demostró que los niveles de PSA entre 4 y 10 nanogramos por mililitro identificaban 85 por ciento de los pacientes con cáncer de próstata.
Los resultados del estudio revelaron, asimismo, que los niveles de EPCA-2 eran significativamente más elevados en pacientes con cánceres extendidos fuera de la próstata, en comparación con aquéllos con enfermedad confinada a la glándula.
De acuerdo con Getzenberg, se comprobó que el EPCA-2 es mucho mejor que el PSA para diferenciar entre estos grupos.
"Esto es importante ya que el cáncer fuera de la próstata es más letal, lo cual hace mucho más urgente contar con una herramienta que pueda detectarlo temprano," explica el especialista.
Finalmente, la prueba de EPCA-2 identificó 78 por ciento de los hombres con cáncer de próstata en el grupo que tenía niveles de PSA por debajo del valor aceptable de 2,5 nanogramos por mililitro.
El EPCA-2 es el segundo marcador de cáncer prostático identificado por Getzenberg y su equipo que tiene mejor rendimiento que el PSA. El año pasado, descubrieron una prueba basada en tejido no relacionado, EPCA-1, que también demostró ser
eficaz en identificar este cáncer. Lo único que tienen en común estos marcadores es que se descubrieron empleando la misma técnica. Getzenberg señala que la eficacia del EPCA-1 para analizar las muestras de biopsias se están evaluando
actualmente.
El cáncer prostático es el tipo de cáncer más común entre los hombres estadounidenses. La Sociedad Americana de Cáncer calcula que en 2006 habrá aproximadamente 234.460 nuevos casos de la enfermedad en los Estados Unidos, y que cobrará las
vidas de 27.350 hombres.
Getzenberg dice que se planean ensayos clínicos a mayor escala sobre el EPCA-2, que podrían poner esta prueba a disposición del público en aproximadamente 18 meses.
El financiamiento para el estudio fue provisto por el Instituto Nacional de Cáncer, parte de los Institutos Nacionales de Salud, y por Onconome Inc.
Existen convenios de licencias entre Onconome Inc. y la Universidad de Pittsburgh así como la Universidad Johns Hopkins. Getzenberg es consultor remunerado de Onconome Inc., con derecho a una porción de las regalías recibidas por ambas
universidades de las ventas de productos descritos y tecnologías relacionadas. Los términos de este convenio médicos son manejados por la Universidad Johns Hopkins, conforme a sus políticas concernientes a conflicto de intereses.
Otros investigadores del Instituto Urológico Brady de Johns Hopkins que contribuyeron a este estudio son: Eddy S. Leman, Ph.D.; el Presidente del Departamento de Urología Alan W. Partin, M.D., Ph.D.; Daniel W. Chan, Ph.D.; Bruce J. Trock,
Ph.D.; Lori J. Sokoll, Ph.D.; Leslie Mangold y Grant W. Cannon. |
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DESCIFRAN EL CÓDIGO GENÓMICO DEL CÁNCER DE MAMA Y DEL COLON |
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Científicos del Centro Cancerológico Kimmel de Johns Hopkins han completado la versión
preliminar del código genético del cáncer de mama y del colon. Su informe, publicado el 7 de septiembre en la edición electrónica de Science Express, identifica alrededor de 200 mutaciones genéticas, ahora vinculadas a estos cánceres, la
mayoría de las cuales no se habían reconocido previamente como asociadas con la iniciación de tumores, su crecimiento, diseminación o control.
"De igual forma que la secuenciación del genoma humano sentó las bases para la futura investigación genética, estos datos ponen los cimientos para décadas de investigación sobre estos cánceres," indica el Dr. Victor Velculescu, Ph.D.,
profesor asistente de oncología en el Centro Cancerológico Kimmel de Johns Hopkins.
Si bien descubrimientos genéticos de científicos independientes de todo el mundo han suministrado ciertas pistas, Velculescu señala que relativamente pocos genes en los cánceres aparecen alterados. Los científicos de Hopkins quedaron
sorprendidos ante el número de genes alterados en los genomas del cáncer de mama y del colon. "Esperábamos encontrar un manojo de genes, no 200," señala Tobías Si'm, autor principal y estudiante posdoctoral en el Centro Kimmel.
A pesar de las potenciales recompensas previstas por los biólogos, los esfuerzos de "mapear" los genes del cáncer han suscitado críticas de otros que arguyen que los fondos deberían emplearse en proyectos que traigan beneficios más
inmediatos en términos de detección y tratamiento.
"Es bueno tener estos debates," dice Kenneth Kinzler, Ph.D., profesor de oncología y co-director del Centro Ludwig en Johns Hopkins. "Pero estamos convencidos de que este tipo de estudio proporcionará uno de los mejores mapas posibles para
vencer al cáncer. ¿Quién dejaría pasar la oportunidad de conocer el plan táctico del enemigo?"
Algunas alteraciones genéticas ya han conducido a estrategias exitosas de detección y tratamiento. Entre ellas, el fármaco para el cáncer de mama Herceptin que ataca a un receptor de células cancerosas formado por el gen Her2 y los
análisis de sangre para el cáncer colorrectal hereditario, basados en el gen APC y otros identificados por el grupo de Hopkins.
"Los cancerólogos reconocen que la simple identificación de pedazos de ADN que juegan un rol en la enfermedad es un comienzo, no la meta de nuestro trabajo," señala el Dr. Bert Vogelstein, investigador del Instituto Médico Howard Hughes y
co-director del Centro Ludwig en Johns Hopkins. "Pero usando un método más sistemático para identificar los genes que juegan un rol esencial en el cáncer, seremos capaces de dar dirección a esos esfuerzos."
El equipo de Johns Hopkins inició su proyecto con 11 muestras de cáncer de mama y 11 de cáncer colorrectal, provenientes de pacientes después de cirugía. Dentro de cada célula tumoral, billones de químicos individuales llamados nucleótidos
se unen en pares en forma preprogramada para construir los escalones de la estructura de ADN que compone las instrucciones genéticas. Cambios, llamados mutaciones, en los nucleótidos pueden crear errores de codificación que transforman a
una célula normal en una cancerosa.
Para localizar los nucleótidos alterados, los científicos compararon el código genético de sus muestras tumorales con las normales. Primero utilizaron el Proyecto del Genoma Humano (PGH) para identificar las secuencias de los genes mejor
conocidos más de 13.000 en total, cerca de dos terceras partes del total de genes identificados por el PGH. El número real de genes humanos aún está en disputa, pero se calcula que es alrededor de 20.000.
Luego, en cada tumor, los científicos examinaron el código de ADN de estos 13.000 genes, dividiendo cada gen en secciones superpuestas unas 10 por gen para obtener 130.000 secciones para el análisis. Cada segmento se amplió mediante un
proceso llamado reacción en cadena de la polimerasa, se purificó y se determinó su secuencia usando más de tres millones de reacciones bioquímicas. Las secuencias se ingresaron en un programa computarizado que establece correspondencias
entre las secuencias normales y las de las muestras tumorales. El programa marcó más de 800.000 regiones sospechosas que fueron inspeccionadas visualmente, una por una, para verificar si se trataba de mutaciones verdaderas que alteraban el
código proteico, o de variaciones normales o cambios ligeros sin ningún efecto en el producto genético.
En total, el equipo de Johns Hopkins analizó minuciosamente 465 millones de nucleótidos varios compendios enciclopédicos de letras para encontrar aproximadamente 1.500 nucleótidos de ADN con importantes diferencias respecto al código
normal. Virtualmente todos estos errores eran simples "errores de escritura" en nucleótidos aislados. Se observaron mutaciones significativas en cerca de 200 genes; los genes mutados en los cánceres de mama y colorrectal eran casi
completamente diferenciados, lo cual sugería vías de desarrollo muy diferentes para cada uno de estos cánceres.
Sostiene Kinzler, "Esto nos ayuda a comprender por qué los cánceres de mama y del colon, y probablemente otros, son enfermedades tan diferentes y se desarrollan siguiendo diferentes procesos. Cuando decimos que esto guiará la investigación
del cáncer durante las próximas décadas, es por esta razón. Ahora los investigadores estudiarán cómo ocurren estas mutaciones en estos cánceres, tal vez intentando encontrar los agentes medioambientales o procesos celulares que suscitan
tales cambios."
El equipo de Johns Hopkins también descubrió que el número promedio de genes mutados en cada cáncer es alrededor de 100, y por lo menos 20 serían cruciales en la formación de tumores. "Cada cáncer tiene un 'mapa' diferente," dice
Velculescu. "No hay dos pacientes idénticos." Otros cánceres también pueden evaluarse usando el método de Johns Hopkins, el cual dicen se desarrolló a lo largo de las dos últimas décadas y se hizo posible gracias los recientes avances de
la bioinformática y la secuenciación del ADN.
"Estos hallazgos guiarán y darán soporte a futuros estudios genéticos más completos, incluidos los previstos por el Proyecto del Atlas del Genoma del Cáncer ("Cancer Genome Atlas Project")," indica Vogelstein. La investigación futura
incluirá análisis similares de otros tipos de tumores, diagramando las vías de acción de cada mutación genética, y buscando mutaciones comunes que pueden constituirse en objetivo de fármacos anticáncer o utilizarse para detectar
precozmente la enfermedad.
Esta investigación contó con el apoyo financiero de Virginia and D.K. Ludwig Fund for Cancer Research, los Institutos Nacionales de Salud, el Departamento de Defensa, Pew Charitable Trusts, Palmetto Health Foundation, Maryland Cigarette
Restitution Fund, State of Ohio Biomedical Research y Technology Transfer Commission, Clayton Fund, Blaustein Foundation, National Colorectal Cancer Research Alliance, Strang Cancer Prevention Center, Avon Foundation, Flight Attendant
Medical Research Institute y V Foundation for Cancer Research.
El equipo investigador de Johns Hopkins incluye a: Sid Jones, Laura D. Wood, D. Williams Parsons, Jimmy Lin, Thomas Barber, Diana Mandelker, Rebecca J. Leary, Janine Ptak, Natalie Silliman, Steve Szabo, Giovanni Parmigiani, Ben Ho Park y
Nickolas Papadopoulos. Otros autores, entre otros, incluyen a: Phillip Buckhaults, Christopher Farrell, y Paul Meeh de la Universidad de Carolina del Sur; Sanford D. Markowitz de Case Western Reserve University, University Hospitals of
Cleveland y el Instituto Médico Howard Hughes; Joseph Willis y Dawn Dawson de Case Western Reserve University y University Hospitals of Cleveland; James K.V. Willson y Adi F. Gazdar de University of Texas Southwestern Medical Center; James
Hartigan de Agencourt Bioscience Corporation; Leo Wu y Changsheng Liu de SoftGenetics LLC; y Kurtis E. Bachman del Centro Cancerológico Greenebaum de la Universidad de Maryland. |
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"SUPER BACTERIA" AJENA A HOSPITALES PONE EN PELIGRO A QUIENES PRESTAN ATENCIÓN EN ELLOS |
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Expertos en control de infecciones de Johns Hopkins han dado la voz de la alarma a los
trabajadores de salud para que se mantengan alertas ante una forma más agresiva de estafilococo áureo resistente a la meticilina (MRSA, por sus siglas en inglés), llamado MRSA adquirido en la comunidad. Las infecciones de MRSA son
resistentes a los antibióticos comunes, incluyendo la oxacilina (Bactocil), la penicilina y la cefalexina (Keflex).
La advertencia sigue a una investigación de Johns Hopkins sobre la infección de dos trabajadores de salud en 2004 en una muy concurrida clínica ambulatoria para personas con VIH del Hospital Johns Hopkins. Dicha investigación reveló que la
contaminación era generalizada en la clínica y planteaba un mayor potencial de riesgo a la seguridad del personal y los pacientes de lo que se pensaba previamente. Ningún paciente fue infectado a resultado de ello, pero varios empleados
requirieron tratamiento, y los recursos de control de infecciones se incrementaron significativamente para disminuir el riesgo de que se repitiera el brote de infección.
Expertos en salud temen que la tendencia ascendente de las infecciones de MRSA en los hospitales podría hacer que muchos de los fármacos más ampliamente disponibles y eficaces fueran inútiles.
"Los hospitales y los trabajadores de salud necesitan prácticas y políticas de control de infecciones más estrictas para impedir los brotes y prevenir que el personal adquiera de los pacientes esta forma de la bacteria presente en la
comunidad," señala la Dra. Cecilia Johnston, instructora de enfermedades infecciosas en Johns Hopkins y líder de la investigación.
"El problema del MRSA adquirido en la comunidad va en aumento tanto en el contexto interno como ambulatorio, porque la exposición puede ocurrir en el lugar de trabajo," dice la Dra. Trish Perl, epidemióloga nosocomial en jefe y profesora
asociada de medicina y patología en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. "Nuestra experiencia demuestra que los trabajadores de salud tienen que estar enterados del riesgo, alertar inmediatamente al personal de control
de infecciones cuando hay sospecha de infección y entender que los procedimientos más estrictos de control de infecciones pueden proteger contra la consecuente exposición."
Los pacientes de alto riesgo en terapia intensiva son monitoreados regularmente para detectar la contaminación de MRSA, y según Johnston el nuevo estudio recomienda mayor vigilancia en las áreas de tratamiento ambulatorio altamente
concurridas. "Las áreas de tratamiento deben desinfectarse regularmente y después de la visita de cada paciente con productos fuertes," señala, agregando que los trabajadores de salud deben usar batas y guantes y curar las heridas o la
piel expuesta en espacios designados específicamente o en salas separadas. Como la mayoría de las infecciones bacterianas, MRSA generalmente se adquiere por contacto directo, al tocar a una persona o superficie contaminada.
El equipo de Johns Hopkins describe el brote de MRSA adquirido en la comunidad (CA-MRSA) y su subsiguiente investigación, que comenzó en febrero de 2004 y se completó en cinco semanas, en un informe publicado el 18 de septiembre en la
revista electrónica Infection Control and Hospital Epidemiology. Se cree que éste es el primer estudio en evaluar cuán generalizado es el CA-MRSA durante un brote infeccioso en un contexto ambulatorio. Investigaciones anteriores se han
enfocado en salas de guardia de hospitales y en contextos de pacientes internados.
El estudio demostró que la forma agresiva de CS-MRSA, que puede causar la enfermedad en personas sanas incluyendo niños, estaba presente en toda la clínica, en siete de las 36 superficies examinadas. La forma menos peligrosa de MRSA, la
adquirida en hospitales (HA-MRSA, por sus siglas en inglés), no se encontró en ninguna de las superficies examinadas.
Aunque rara vez son fatales, las infecciones de cualquiera de las formas de MRSA pueden provocar complicaciones potencialmente mortales en los pacientes. La forma CA-MRSA se asocia con abscesos, o granos, en la piel que deben drenarse para
prevenir tales complicaciones, entre las cuales se incluyen infecciones cutáneas nauseabundas, edema muscular (miositis) o la letal pulmonía necrotizante y el shock séptico. También puede producir más tipos de toxinas que su forma menos
virulenta. La forma HA-MRSA, conocida por colonizar todo el organismo, puede causar graves infecciones del torrente sanguíneo.
Otra preocupación para los especialistas a cargo de su control es que las infecciones de CA-MRSA en hospitales frecuentemente se diagnostican equivocadamente como adquiridas en el hospital, cuyo tratamiento es diferente. Según los
investigadores, las infecciones de CA-MRSA han sido tratadas eficazmente con antibióticos orales, como trimetoprima-sulfametoxazol (Bactrim), minociclina (Minogin) y clindamicina (Cleocin), mientras que las infecciones de HA-MRSA son más
resistentes a estos fármacos. Generalmente requieren otro antibiótico, la vancomicina. Los científicos advierten que es de suma importancia identificar cuál bacteria está presente, mediante cultivos, a fin de asegurarse de prescribir el
antibiótico correcto.
El brote infeccioso se detectó a poco de iniciarse, cuando dos empleados reportaron lesiones compatibles con MRSA al equipo de control de infecciones de Johns Hopkins ―que monitorea diariamente las operaciones hospitalarias para
identificar posibles peligros para la seguridad del paciente e inmediatamente sometió a pruebas a ambos trabajadores. Uno de ellos había estado en contacto directo con pacientes con infecciones similares a la de MRSA, mientras que el
segundo no estuvo en contacto con pacientes.
Una vez confirmada la infección en ambos empleados de la clínica, los investigadores buscaron determinar el alcance de la contaminación e identificar a otros trabajadores de salud que podrían haber estado expuestos. La clínica, una de las
más concurridas de Hopkins, brindaba atención ambulatoria a la población con VIH de la región, con un volumen anual de aproximadamente 20.000 pacientes.
Para la investigación, se sometió al resto del personal de la clínica (aproximadamente 138 enfermeras, médicos y administradores que trabajaban en las instalaciones) a pruebas de infección o colonización de MRSA. Los investigadores
realizaron frotis de la nariz, un tejido blando vulnerable a la colonización bacteriana. También les hicieron sumergir las manos, otra superficie donde se alojan bacterias, en un recipiente con medio de cultivo para ver si la bacteria de
MRSA crecería. Se identificaron dos empleados más colonizados por HA-MRSA, pero que no mostraban signos de infección. Ambos fueron tratados con un spray antibiótico nasal que eliminó la bacteria.
Como parte de la investigación, el equipo reunió muestras de 36 superficies diferentes en la clínica, especialmente de objetos de uso común como teléfonos, manillas de puertas, equipo y muebles, y encuestó a cada uno de los trabajadores
para evaluar posibles fuentes de infección de MRSA y los procedimientos de control de infecciones en práctica. Por ejemplo, los investigadores preguntaron al personal con qué frecuencia trataban a pacientes con signos de CA-MRSA y si
limpiaban y drenaban las heridas abiertas en la sala, y cuán a menudo el personal se lavaba las manos entre pacientes y cuán minuciosamente se limpiaba la sala de examen entre una y otra visita. Después de cada visita, es de rutina que los
trabajadores clínicos cambien la sábana de papel de la sala de examen y se laven las manos.
La investigación demostró que no había otros trabajadores infectados con ninguna de las formas de MRSA. Sin embargo, los cultivos de muestras recolectadas en el lugar de trabajo mostraron que la contaminación con CA-MRSA estaba
generalizada, presente en siete superficies, incluyendo superficies de mesas de exámenes, oxímetros de pulsos (un aparato para medir el nivel de oxígeno en la sangre), mostradores, teclados de computadoras y asientos de pacientes en la
recepción ("triage station"), así como las salas de espera y de examen. No se detectó contaminación en superficies como manillas de puertas, teléfonos, oftalmoscopios (para examinar los ojos), otoscopios (para examinar los oídos),
manguitos de presión arterial, termómetros ni lavamanos.
Los investigadores no lograron determinar por qué algunas superficies estaban contaminadas y otras no.
Las encuestas al personal también revelaron que las heridas y los abscesos de los pacientes con infección de CA-MRSA se limpiaban y drenaban en cualquier sala disponible, y que algunos empleados no usaban batas ni mascarillas protectoras
durante los procedimientos.
Después de varias reuniones con el personal clínico y de limpieza, se introdujeron una serie de cambios en la clínica con la intención de reducir la contaminación ambiental. Los artículos de limpieza se revisaron y reemplazaron por otros,
para asegurar que incluyeran agentes con alcohol etílico y amoniaco cuaternario, componentes que eliminan el MRSA. Se colocaron en cada sala de examen paños sanitarios que contenían el compuesto a fin de facilitar la limpieza entre
pacientes. También se modificaron las prácticas de limpieza del personal para incluir la limpieza diaria de todas las superficies. Además, para reducir la exposición de los pacientes ya infectados y que necesitaban limpieza de sus heridas,
se designó una sala aparte para el drenaje de abscesos.
Después de dos semanas de intensos esfuerzos para prevenir la propagación de la infección, otra ronda de pruebas del medioambiente en abril de 2004 comprobó que no había cultivos positivos de CA-MRSA. Por lo tanto, el brote infeccioso se
dio por concluido.
Los investigadores dicen que el siguiente paso es trabajar con los funcionarios de salud municipales y continuar monitoreando el CA-MRSA en la comunidad, observar cómo se propaga entre diferentes poblaciones y evaluar el riesgo para los
trabajadores de salud y los pacientes en el hospital, además de cuáles medidas son más eficaces para prevenir los brotes infecciosos.
No existen cálculos firmes sobre la prevalencia de MRSA, y las cifras preliminares varían ampliamente de un país a otro y entre los hospitales. En 2006, sin embargo, la Comisión Conjunta sobre Acreditación de Organizaciones de Prestación
de Salud (JCAHO) dio a conocer un cálculo de que 70 por ciento de las bacterias causantes de las infecciones de 2 millones de estadounidenses hospitalizados cada año son resistentes por lo menos a uno de los fármacos más comúnmente usados
para tratarlas.
El financiamiento para el estudio fue provisto por el Hospital Johns Hopkins. Además de Perl y Johnston, otros miembros del equipo involucrados en esta investigación y estudio fueron: Lisa Cooper, R.N.; William Ruby, D.O.; Karen Carroll,
M.D.; y Sara Cosgrove, M.D., M.S. |
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SÍ, DOCTOR, SE PUEDE: ESCÁNERES SEGUROS DE RM PARA PERSONAS CON DESFIBRILADORES Y MARCAPASOS |
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Después de arduos esfuerzos, los investigadores de Johns Hopkins han descubierto una
forma segura de realizar escáneres de resonancia magnética (RM) en hombres y mujeres que llevan implantados cualquiera de los 24 tipos de desfibriladores y marcapasos modernos.
El Dr. Henry Halperin y su equipo han desarrollado una combinación de métodos que reduce el riesgo de fusiones potencialmente mortales y otras complicaciones a consecuencia de la capacidad que tiene la RM de cargar eléctricamente las
células y manipular sus propiedades eléctricas para producir imágenes del interior del cuerpo en tiempo real.
"Hemos convertido un procedimiento que era algo excepcional en uno que ahora es de rutina en Hopkins," dice Halperin.
Entre otras cosas, el grupo de Johns Hopkins reprograma los aparatos, fijándolos en una secuencia específica. Esto los hace "ciegos" al ambiente exterior, reduciendo la posibilidad de que su mecanismo electrónico confunda la
radiofrecuencia generada por la RM con un latido irregular y previniendo su mal funcionamiento. Además, se desactiva la función de choque del desfibrilador durante la breve duración del escáner de RM, de aproximadamente 30 a 60 minutos.
También se modificó la cantidad de energía eléctrica utilizada al nivel máximo del escáner de RM. El equipo de Johns Hopkins redujo la intensidad del campo electromagnético a la mitad, de 4 a 2 vatios por kilogramo por paciente.
"Aun con este escáner de menor energía se obtuvieron imágenes de una calidad que permitió hacer un diagnóstico exacto en más de 90 por ciento de los casos," señaló Halperin en un artículo, publicado el 18 de septiembre en la revista médica
Circulation, acerca de 55 de los más de 100 pacientes estudiados en Johns Hopkins hasta la fecha.
Su informe sale a la luz apenas dos años después de que el equipo publicara en la misma revista sus primeros hallazgos positivos en animales, provocando un intenso debate en varios congresos internacionales acerca de si la RM podía
realmente hacerse segura.
El equipo de Johns Hopkins sostiene que desde 2004, con este uso más amplio de la RM ha logrado hacer más de una docena de diagnósticos potencialmente mortales, a pesar de que desde hace mucho los diminutos aparatos cardiacos a batería
(que ayudan a mantener el ritmo del latido) han sido considerados no seguros y prohibidos en este tipo de estudios.
"El riesgo de quemaduras del tejido cardíaco o de malfuncionamiento sigue presente para los pacientes," advierte Halperin. "Pero nuestros resultados muestran que con las precauciones apropiadas, la RM es una herramienta de diagnóstico
segura y eficaz en quienes llevan implantados aparatos cardiacos modernos." Halperin electro-fisiólogo y profesor de medicina, radiología e ingeniería biomédica en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins y su Instituto del
Corazón ha liderado desde hace mucho tiempo los esfuerzos por expandir el acceso a la RM.
Excepto con fines de investigación, la Administración de Drogas y Alimentos de los EE.UU. no ha autorizado realizar pruebas de RM con ninguno de estos aparatos cardíacos implantados. Sin embargo, Halperin indica que ofrecer esta opción
diagnóstica es importante para cerca de los 2 millones de americanos (muchos de ellos ancianos) que llevan estos implantes, a quienes se les han negado los beneficios de las rápidas y precisas imágenes que provee la RM.
"Una vez que se entiendan mejor y se perfeccionen estas precauciones, esperamos que los legisladores vean por conveniente revisar las actuales restricciones para realizar escáneres en todos los que llevan un aparato," dice el autor
principal Dr. Saman Nazarian, quien se subespecializa en electrofisiología, clínica e investigación cardiaca en Johns Hopkins.
"Estas imágenes son críticas para el diagnóstico precoz de ciertos cánceres del cerebro, la cabeza y el cuello, y para guiar procedimientos invasivos," observa.
De los pacientes estudiados, 31 tenían marcapasos y 24 tenían implantado un desfibrilador. Sólo se sometieron a prueba los modelos modernos marcapasos manufacturados después de 1996 y desfibriladores posteriores a 2000, indica Nazarian,
porque se los consideró más seguros que las versiones antiguas. Los modelos más nuevos están hechos de titanio, un metal no magnético, son más pequeños y livianos, y tienen mejor protección de la energía de radiofrecuencia que emana el
escáner de RM.
Usando un solo escáner, un Tesla 1.5 de General Electric, el grupo de Hopkins pudo ayudar a planear procedimientos para desbloquear las arterias de más de 12 de los pacientes en el estudio; mejoró la medición del crecimiento tumoral en
nueve casos; y detectó dos infartos, una masa cerebral benigna y un coágulo en la espina dorsal que no se habían identificado con tomografía computarizada.
Nazarian advierte que la técnica sólo debe ser utilizada por médicos especialmente entrenados en el uso seguro de la RM, o con acceso a especialistas familiarizados con las precauciones específicas tomadas en el estudio. "Por el momento,
también es importante restringir el uso de la RM a quienes usan los implantes específicamente probados, y a escáneres que son del mismo tipo y de igual potencia magnética que los usados en este estudio," agrega.
Durante los estudios, todos los participantes se monitorearon estrechamente mediante electrocardiografía y oximetría de pulsos, y se tuvo personal a mano para aplicar medidas de reanimación en caso de emergencia.
Todos los sujetos de estudio eran mayores de 19 años y se les hizo seguimiento por tres a seis meses para detectar cualquier lesión cardíaca posterior a las pruebas o cambios en la programación del aparato.
Los pacientes quedaron excluidos de participar en el estudio si tenían electrodos en la superficie del corazón o electrodos forrados de metal y, por lo tanto, no conectados a la batería y en mayor riesgo de sobrecalentarse. Los electrodos
son componentes eléctricos que conectan el aparato con el músculo cardíaco, y cuando van adosados a la batería o dentro de los vasos sanguíneos, es menor la probabilidad de que sean sobrecalentados por el campo de RM.
Un análisis de los récords mostró que los escáneres suministraban respuestas definitivas a las preguntas diagnósticas de los médicos 100 por ciento del tiempo en caso de condiciones que afectan áreas fuera del pecho, y 93 por ciento del
tiempo en caso de condiciones relacionadas con el corazón y la parte superior del cuerpo. En la segunda categoría, el 7 por ciento restante de los escáneres estaban muy distorsionados por artefactos de los implantes como para poder
determinar claramente el diagnóstico.
Al monitorear los aparatos se comprobó que la sensibilidad de los electrodos no fluctuó ni cambió mientras se realizaba el escáner. Mediciones de la batería mostraron que los escáneres no agotaron ni reforzaron la carga de la misma. De
hecho, los marcapasos y desfibriladores funcionaron satisfactoriamente después de los estudios de RM sin dispararse prematuramente ni dar falsas alarmas.
Los marcapasos y desfibriladores son aparatos implantables para tratar a personas con ritmo cardíaco anormal, condición que se conoce como arritmia. Hoy en día, más de 2,2 millones de estadounidenses viven con arritmias. Pueden ocurrir en
un corazón sano y no ser de mayor consecuencia o conducir a enfermedades cardíacas más serias, embolias/derrames o la muerte cardíaca súbita.
El financiamiento para este estudio fue provisto por los Institutos Nacionales de Salud y la Fundación Donald W. Reynolds. El Dr. Halperin es consultor remunerado de la empresa fabricante de desfibriladores Medtronic, y los
co-investigadores Dr. Ronald Berger, Ph.D., y Albert Lardo, Ph.D., son consultores remunerados de Guidant Corp., otra empresa que fabrica los aparatos. El co-autor Dr. David Bluemke, Ph.D., también ha recibido honorarios de General
Electric Health Care por realizar presentaciones. Ninguna de estas compañías proporcionó fondos para el estudio, y los términos de los convenios médicos son manejados por la Universidad Johns Hopkins, conforme a sus políticas concernientes
a conflicto de intereses.
Otros investigadores de este estudio, llevado a cabo exclusivamente en Johns Hopkins, fueron: Ariel Roguin, M.D., Ph.D.; Menekhem Zviman, Ph.D.; Timm Dickfeld, M.D., Ph.D.; Robert G. Weiss, M.D.; y Hugh Calkins, M.D.
A continuación proporcionamos la lista completa de aparatos cardíacos compatibles con el uso de la RM.
Marcapasos con resultados satisfactorios a las pruebas de RM
Manufacturados por: St Jude
1. Pacesetter AFP (262)
2. Trilogy (2360)
3. Entity (5326)
4. Affinity (5130, 5330)
5. Integrity (5142, 5342, 5346)
6. Identity (5172, 5370, 5376, 5380, 5386)
Manufacturados por: Guidant
7. Vigor (1232)
8. Discovery (1272)
9. Insignia (1194, 1290)
Manufacturados por: Medtronic
10. EnPulse (AT-500, E2SRO1, E2DRO1)
11. Kappa (701, 901)
12. Prodigy (7860)
13. In Sync BiV (8040, 8042)
Desfibriladores con resultados satisfactorios a las pruebas de RM
Manufacturados por: St. Jude
14. Photon (V-194, V-230, V-232)
15. Atlas (V-240)
16. Epic (V-197, V-235, V-239)
Manufacturados por: Guidant
17. Prizm (1850, 1851, 1852, 1860, 1861)
18. Contak (1823, H119, H170, H175)
19. Vitality (T125, T135)
Manufacturados por: Medtronic
20. Maximo (7232)
21. Gem-II (7273)
22. Gem-III (7275)
23. Marquis (7274)
24. InSync (7272)
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CIENTÍFICOS DE HOPKINS RELACIONAN LA RESPUESTA INMUNE CON "PARÁSITOS FANTASMA" Y CONGESTIÓN SEVERA DE LOS SENOS PARANASALES |
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Aunque no queda claro por qué sucede, los científicos de Johns Hopkins han vinculado un gen que permite la descomposición química de la envoltura dura de protección alrededor de insectos y gusanos con la congestión severa y formación de
pólipos características de la sinusitis crónica.
Expertos de Hopkins en el estudio de los senos paranasales han descubierto que el gen de la enzima llamada quitinasa acídica mamífera (AMCase) es 250 veces más activo en las personas con inflamación severa de los senos paranasales,
persistente aun después de operadas, en comparación con pacientes en quienes la cirugía tuvo éxito. Este tipo de cirugía, por lo general, es el último recurso para quienes no responden al tratamiento con medicamentos. Sin embargo, casi una
entre 10 de las personas tratadas ven retornar los síntomas a las semanas o meses, luego del fracaso de la cirugía para mantener abiertas las vías nasales, dicen los científicos.
Se considera que el informe de Johns Hopkins, publicado en la edición de julio de la Revista Americana de Rinología, es el primero en haber identificado la presencia de la enzima en la nariz y confirmar su relación con la sinusitis.
"Este hallazgo no significa que realmente haya parásitos en la nariz que causen la sinusitis, pero nuestro estudio respalda la noción de que la sinusitis muy severa y persistente puede explicarse como un caso de respuesta inmune
desacertada, dirigida contra parásitos en realidad inexistentes," señala el autor principal del estudio, Dr. Andrew Lane, profesor asociado en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins y director de su Centro de Rinología y
Cirugía de Senos Paranasales.
Investigaciones anteriores de otros científicos habían examinado la vinculación de la enzima con el asma, el cual, igual que los pólipos nasales, es una respuesta alérgica del sistema inmunológico. La teoría, según Lane, es que las
alergias y el asma se dan como resultado de los genes que controlan las defensas del organismo contra los parásitos, pero estos genes se encuentran en estado latente en las personas saludables. Sin embargo, cuando son activados por los
denominados "parásitos fantasma", la potente respuesta inflamatoria es médicamente muy difícil de controlar.
Los investigadores indican que aunque la quitina (un compuesto químico rígido común en los hongos, insectos y gusanos) no se encuentra naturalmente en el organismo, la presencia de su enzima correspondiente y su papel en la acumulación de
mucosidad y fluidos, y en la formación de pólipos hace que esta enzima sea un objetivo válido para bloquear su producción y acción mediante terapias de fármacos.
"Si podemos bloquear la respuesta inmune antiparasitaria en forma selectiva, potencialmente podríamos tener nuevos tratamientos para estas enfermedades respiratorias del pulmón y la nariz," indica Lane.
Se necesitan nuevos tratamientos, señala, como alternativa a los esteroides a largo plazo, que si bien bloquean la vía química inflamatoria también tienen efectos secundarios debilitantes, incluidas la pérdida de densidad ósea, las
cataratas en los ojos y el aumento de peso.
Se calcula que 32 millones de estadounidenses sufren de inflamación persistente del tejido que reviste la cavidad nasal y de los senos paranasales, de acuerdo a los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de los EE.UU.
Treinta y tres hombres y mujeres participaron en el estudio de dos años en Johns Hopkins, diseñado para averiguar si algunos de los rasgos genéticos ya conocidos, comunes en los asmáticos, eran también activos en los pacientes con
sinusitis. Veinticuatro casos fueron programados para cirugía, mientras que los 11 restantes sirvieron de casos-controles, sometiéndose a otras operaciones no relacionadas con la sinusitis.
Todos los que fueron operados de sinusitis, lo hicieron después de que la terapia estándar con antibióticos, descongestionantes y esteroides había fracasado en controlar sus síntomas y prevenir la recurrencia de la inflamación. También
presentaban pólipos nasales, o crecimiento de tejido a consecuencia de la inflamación, los cuales, señala Lane, son particularmente difíciles de tratar.
Durante la cirugía, se inserta dentro de la nariz un endoscopio, en forma de un tubo fino con una cámara al final, para observar de cerca los pasajes y senos nasales. Delgados instrumentos quirúrgicos, colocados a lo largo del endoscopio
permiten a los cirujanos extirpar el tejido inflamado y los pólipos, despejando la vía para que los senos paranasales drenen normalmente. Lane explica que, si se dejan sin tratar, los pólipos pueden ocasionar bloqueo severo e infecciones
recurrentes.
Todos los pacientes fueron monitoreados por un mínimo de nueve meses para ver si se reproducían los pólipos y sus consecuentes síntomas. En diez participantes del grupo que había tenido cirugía los pólipos se reprodujeron en un lapso de
seis meses, en tanto que 12 de ellos permanecieron libres de síntomas.
Durante la cirugía, el equipo de Johns Hopkins tomó muestras de la mucosa que reviste el interior de la nariz y, usando pruebas de reacción en cadena de la polimerasa en tiempo real, analizó las mismas para identificar diferencias
genéticas entre los grupos.
Cuando los investigadores compararon inicialmente todas las muestras tisulares nasales, descubrieron que en la mitad de ellas el gen para la AMCase (quitinasa acídica mamífera) estaba activado (o expresado) para elaborar la proteína
quitinasa. Al hacer el seguimiento, encontraron que los 10 pacientes en quienes los pólipos se reprodujeron tenían niveles excesivamente más elevados de expresión de la AMCase que los otros pacientes con sinusitis y los controles. Se
encontró también que la expresión genética para otra proteína inflamatoria, llamada interleukin-13, que es elevada en los asmáticos, también era elevada en quienes tenían pólipos. Sin embargo, los científicos indican que los niveles de
interleukin-13 no tenían el mismo valor de predicción que la expresión elevada de AmCase.
Lane agrega que investigaciones futuras tendrán que determinar si la alta expresión genética de la AMCase es una causa subyacente de la inflamación o si la AMCase es simplemente uno de los muchos químicos producidos por las células nasales
en respuesta a la inflamación crónica.
La siguiente fase de su investigación, señala, es buscar qué es lo que desencadena la respuesta antiparasitaria. Sin embargo, Lane advierte que esta reacción contra los parásitos podría producirse a expensas de la capacidad de la nariz de
resguardar contra otros invasores, como bacterias, virus u hongos.
"Las células epiteliales que revisten la cavidad nasal y de los senos paranasales desempeñan un importante rol porque son la respuesta de primera línea del sistema inmune," señala. "Pero cuando están distraídas combatiendo parásitos
inexistentes, no pueden hacerse cargo de los microbios reales que ingresan continuamente dentro de la nariz."
Esto, observa Lane, podría fomentar el crecimiento de bacterias y hongos en la nariz, un hallazgo frecuente en quienes sufren de la sinusitis crónica con pólipos.
El estudio fue financiado parcialmente por el Instituto Nacional de la Sordera y Otros Desórdenes Comunicativos, que es parte de los Institutos Nacionales de Salud, y por la Sociedad Americana de Rinología.
Además de Lane, otros investigadores involucrados en este estudio, realizado únicamente en Johns Hopkins, fueron Ramanathan Jr., M.D. y Won-Kyung Lee, M.S. |
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ESTUDIO DE HOPKINS REVELA QUE LOS GLÓBULOS BLANCOS PUEDEN DAÑAR O BENEFICIAR A LOS RIÑONES TRANSPLANTADOS |
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En un perfecto ejemplo de ironía biológica, la misma química de los glóbulos blancos que sabemos daña los riñones usados en transplantes, también podría ayudar a prevenir dicho daño, según un estudio en modelos genéticos de ratones,
financiado por el gobierno federal y llevado a cabo en Johns Hopkins.
Los investigadores han sabido desde hace mucho que al cortar y luego retornar el flujo sanguíneo a los riñones y otros órganos transplantados, las células inmunológicas llamadas linfocitos T producen químicos tóxicos naturales que
contribuyen a la lesión por isquemia-reperfusión (LIR). El organismo no puede diferenciar entre las lesiones quirúrgicas deliberadas, necesarias para extirpar y reimplantar el riñón de un donante, y otros tipos de lesiones orgánicas donde
ciertos químicos tóxicos son indispensables para limpiar o retirar tejido en mal estado.
En el nuevo estudio, publicado en la edición de septiembre de La Revista de Inmunología, el equipo de Hopkins reporta que las células T también juegan un papel en reducir el daño celular en los riñones con LIR, según el Dr. Hamid Rabb,
director médico de trasplantación de riñón y páncreas en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins.
La LIR ocurre en 30 a 40 por ciento de los riñones cadavéricos, trayendo como resultado tasas más bajas de supervivencia de riñón, vida renal más corta y un aumento de costos de aproximadamente US $20.000 por paciente, sólo en la
hospitalización y tratamiento iniciales, señala Rabb. Por lo tanto, a los científicos les interesa identificar formas de prevenir o tratar rápidamente la LIR, pero una de las barreras para entenderla mejor ha sido la incapacidad de
detectar los linfocitos en el riñón durante las primeras seis horas críticas luego de la reperfusión.
En el estudio de Hopkins, diseñado para intentar encontrar estas células y aprender más sobre la LIR, se tomaron glóbulos blancos de ratones inducidos experimentalmente con LIR. Estas células fueron inyectadas en modelos genéticos de
ratones sin la glándula del timo, que produce las células T. Un grupo de comparación de estos mismos ratones no recibió las inyecciones.
Luego de cortar temporalmente el flujo sanguíneo a los riñones de los ratones de ambos grupos por 30 minutos, los investigadores descubrieron que los riñones de los ratones inyectados habían mejorado en comparación con el otro grupo de
ratones.
Éste fue un resultado inesperado, dice Rabb. Hemos sabido durante años que las células T juegan un papel en la LIR, pero suponíamos que siempre era un papel negativo. Ahora sabemos que también actúan como protectoras.
Rabb indica que son necesarias investigaciones más a fondo para determinar el mecanismo exacto de esta protección, pero dice que en teoría tiene mucho sentido.
Las células T son parte de nuestro sistema inmune, y nuestro sistema inmune está diseñado para protegernos de las lesiones. Lo que sorprende aquí es que la experiencia práctica en el transcurso de los años nos ha enseñado que al activar el
sistema inmune se produce mayor daño celular, de acuerdo a Rabb.
Utilizando un nuevo método desarrollado por Dolores B. Ascon, Ph.D., estudiante posdoctoral en el Departamento de Nefrología de Hopkins y primera autora del estudio, Rabb y su equipo lograron identificar un número pequeño de linfocitos en
tres grupos diferentes de ratones: ratones normales, ratones sometidos falsamente a cirugía sin cortar el flujo sanguíneo a los riñones (isquemia) y ratones sometidos a cirugía con isquemia por 30 minutos.
El estudio mostró niveles elevados de células T en los riñones tres horas después de la LIR en comparación con los ratones normales. Además, mostró altos niveles de dos químicos, el factor de necrosis tumoral alfa (TNF alfa) e
interferón-gamma (IFN gamma), conocidos porque dañan las células renales. Dichos químicos son producidos por las células T.
Los ratones falsamente sometidos a cirugía también tenían un nivel elevado de células T, al compararlos con los normales, pero estas células no liberaron TNF alfa ni IFN gamma y tampoco ocasionaron daño renal.
En este caso, parece como si la cirugía hubiese desencadenado el movimiento de células T hacia el área en cuestión, pero como no hubo isquemia, dichas células no produjeron TNF alfa ni IFN gamma," señala Rabb. "Esto sirve para ilustrar
cuán complejo es el papel de las células T en la LRI."
Otros que contribuyeron al estudio son Sergio Lopez Briones, Ph.D; Manchang Liu, M.D., Ph.D; Miguel Ascon, Ph.D; Vladimir Savransky, M.D., Ph.D.; y Mark J. Soloski, Ph.D; todos del Departamento de Medicina de la Facultad de Medicina de
Hopkins, y Robert B. Colvin del Departamento de Patología en la Facultad de Medicina de Harvard. |
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